viernes, 8 de febrero de 2013

El escritor de las guías de viaje . Capítulo 3


Capítulo 3


La espera en Barajas se alarga más de la cuenta, el avión de Roma trae retraso, pero Dani cumple con sus palabra y no se separa de su hermana. Para matar el tiempo suben a la cafetería a tomar unos bocadillos y a beber algo. Les sorprende el que aún haya tanta gente en la terraza y Dani aprovecha para salir a ella. Las pistas iluminadas, el despegue y el aterrizaje de los aviones le fascinan pero por mucho que abre los ojos no consigue ver el avión en el que vienen sus padres.

Abordo del avión de Iberia, procedente de Roma, la señal de abrocharse los cinturones y la de prohibído fumar se iluminan. Por megafonía informan que dentro de media hora tomarán tierra en Barajas. El descenso ha comenzado y Asunción que ha pasado casi todo el vuelo durmiendo, con la cabeza recostada en el hombro de su marido,  se despierta al sentir molestias en los oídos. Se inclina hacia adelante, con la cabeza agachada hasta la altura de las rodillas al tiempo que con sus dedos se da masajes por detrás de los oídos.

-      ¿Tanto te duele?
-      Sí, es insoportable. Parece que miles de cristalitos se estuviesen peleando por ver quien clava más y encima se me está revolviendo el estómago.

Los minutos que faltan para el aterrizaje se le hacen eternos y por fin cuando las luces en la cabina se apagan Asunción levanta la cabeza y mira por la ventana, ya faltan solos unos metros y el suplicio habrá terminado. Un golpe seco confirma que han tocado tierra y al ratito las luces se vuelven a encender. Poco a poco los pasajeros van saliendo del avión por las escalerillas y un autobús les acerca a la puerta  de llegada.

En la cafetería María se acerca a su hermano y le dice:


-      Vamos Dani, tenemos que bajar a llegadas desde aquí no puedes ver el avión en el que llegan.
-      Si tu lo dices María.
-      No lo dice ella sola, lo digo yo también Daniel. Si fuera de día sería diferente, de noche es casi imposible ver desde lejos que compañía es.
-      Vale,vale, ya lo entiendo y ¿sabéis qué? De mayor quiero ser piloto, debe ser fantástico llevar los mandos de los aviones.
-      Ya sabes lo que tienes que hacer, aplicarte en los estudios que no es tan fácil llegar a ser piloto.
-      Tu siempre con los estudios Tim, te pareces a mi madre ¿no te gustaría a ti ser piloto?
-      No, la verdad es que no, me gusta más la torre de control.
-      ¿Te gustaría ser controlador aéreo?, eso nunca me lo has dicho.
-      No es algo que me quite el sueño María, pero entre piloto y controlador me quedo con lo segundo. Quien sabe si cuando acabe telecomunicaciones me apunto a uno de esos cursos.

Las escaleras mecánicas les lleva a la planta de llegada y allí Dani se coloca en primera fila sin cesar de pegar saltitos para ver si puede ver mejor a través de la puerta , que como cuentagotas, va dejando salir a los pasajeros.

-      ¡Papi, papi! ¡Mami, mami! ¡estamos aquí!
-      No armes tanto jaleo Dani, que ya nos han visto.
-      Jopé, dejad ya de decir lo que tengo que hacer.

El reencuentro con sus padres viene seguido de abrazos, besos y de mil preguntas de Dani. De camino a casa Asunción trata de contestar a Daniel y María le dice a su padre.

-      El tío Bonilla me ha dicho que te diga que ha llegado un caso interesante del tío Gustavo y que no faltes mañana. Ah! Y el tío Vallejo también estará.
-    ¿No te ha dicho nada más? ¿No te ha pedido que le llame?
-    No, sólo que no te retrases, que la reunión planeada es a las diez.  
-   Gracias princesa, por el recado y por haber cuidado de tu hermano.
-   ¡Siempre igual! ¡qué yo me cuido solo!
-   Es verdad Daniel pero nunca viene mal que María esté atenta.
-   Gracias mamá, pero el mérito no es mío sino de Tim, a él le hace más caso que a mi.
-    ¿Es eso verdad?
-    No, papá, si a María le hago caso cuando lleva razón pero no cuando comanda sin ton ni son y se ríe de lo que yo digo.
-   ¿Qué yo hago quéeeeeeee? ¡Serás mentiroso!
-   No reñid ahora, mamá tiene todavía dolor de oídos y los gritos la molestan ¿verdad cariño?
-  Bueno, ya se están abriendo y no molestan tanto pero sí, papá tiene razón, ya sabéis que no me gusta veros discutid, por esta vez y como os he echado de menos os lo voy a pasar por alto.

En su casa de Aravaca Fernanda quita la televisión, apaga las luces y comprueba que las puertas están bien cerradas. De camino a su habitación pasa por la cocina y recoge el vaso de leche que Carmen le ha dejado preparado con la melatonina. Sube por las escalera con cuidado, en una mano la leche y en la otra la fotografía de salón que deja sobre la mesilla al llegar a su habitación. Entra en el cuarto de baño y se desnuda sin prisas, saca del armario del vestidor un pijama de Martín y se lo pone, cierra la puerta, apaga las luces y se mete en la cama. Se recuesta sobre la almohada mientras bebe la leche y contempla la foto al tiempo que recuerda la llamada de esta tarde. Serían las séis, más o menos, cuando sonó el teléfono. Carmen había salido a hacer un recado, realmente era un pretexto que se había buscado para estar sola, tenía una corazonada y no quería testigos por si llamaba Martín y llamó. La comunicación resultó ser un desastre. Llamaba desde una cabina y se cortó dos veces. No le quedó claro el motivo de esconderse por unos días pero sigue creyendo en él.

-      ¡Fernanda! ¿me oyes?
-      Sí, te oigo ¡menos mal que llamas! ¿estás bien? ¿dónde estás Martín? ¿por qué no vienes a casa?
-      Estoy bien, no te preocupes. No puedo explicártelo por teléfono y tampoco quiero comprometerte. Necesito unos días para hacer unas averiguaciones pero confía en mí ¿lo harás, mi amor?
-   Lo haré pero díme ¿es cierto que estás en Asturias?


La llamada se cortó mientras estaba haciendo la pregunta y a los pocos minutos volvió a sonar el teléfono y Fernanda volvió a insistir sin resultado.

-   Está bien, no me digas donde estás pero díme ¿Quién es Gonzalo Prieto?
-  ¿Gonzalo quéeeeeeee? Ni idea. Fernanda esto vuelve a hacer ruídos raros, ¿me oyes? ¡ te quiero, no lo olvides!...

La llamada volvió a cortarse por segunda vez y ya no hubo ninguna más. Decidió no decirle nada a Martínez y esperar a que volviera a llamar. Está segura que lo hará; Fernanda nota que el sueño la va venciendo y apaga la lamparita de la mesilla de noche, busca la postura de dormir en el lado en que Martín suele hacerlo y se queda dormida con la foto en la mano.

La noche da paso a un nuevo día de febrero que promete seguir siendo tan soleado como los dos últimos días; a las nueve y media de la mañana Héctor Perea entra en su despacho donde Bonilla le espera como en  los viejos tiempos.

-   ¡Muy buenos días! ¿qué es esto? ¿no has tenido tiempo de desayunar en casa?

Bonilla abraza a su mejor amigo y socio antes de contestarle.

- La verdad es que no. Se me han pegado las sábanas y me he acordado de otros tiempos, en otro despacho y los churros que llevaba todas las mañanas.

Héctor ríe de buena ganas y dan buena cuenta de los churros mientras recuerdan aquellos años, tan remotos en el tiempo, pero tan frescos en sus memorias. A las diez llega Vallejo, retiran las tazas, hacen más café y entre los dos ponen a Héctor al corriente del nuevo caso.

-  Resumiendo: Duda de si Martín y Gonzalo son la misma persona. Martín desaparece justo el día en que la foto del tal Gonzalo sale en una revista. Cliente de Gustavo quiere que encontremos a Martín cuánto antes. Vosotros creéis que hay caso.
-  Yo creo que si lo hay - contesta Vallejo-  Es cierto que Martín sólo lleva un día desaparecido, bueno dos con hoy pero su compañera sentimental está segura que Martín no tiene nada que ocultar y teme que alguien le haya confundido con el hombre de la revista.
-  ¿Qué sabemos de ambas personas? Bonilla
-   De momento poca cosa. A Gonzalo Prieto le busca la Interpol y se cree que puede estar en España o en Portugal.
- ¿Sabemos por qué lo buscan?
- No, solo venía la foto y la nota pertinente de si alguien reconoce a esa persona que se ponga en contacto con la comisaría más cercana - aclara Bonilla.
-  De Martín tampoco sabemos mucho, aquí tienes mis anotaciones.

     Héctor lee las notas de Vallejo mientras Bonilla prepara más café.

-  Según Martínez Prado – dice Héctor – Martín Narváez es un economista argentino, aficionado a escribir guías de viajes y ya tiene publicada una en su país. Lleva algo menos de un año en España y se conocieron en una recepción de la embajada argentina. Le propuso trabajar para su editorial y pronto se hicieron amigos. En una reunión en su casa conoció a la viuda de su socio y surgió el amor entre ellos.
-  Sí, eso lo corrobora la propia Fernanda. A los dos meses de conocerse Martín se fue a vivir con ella y gracias a él ha vuelto a interesarse por la editorial que había dejado en manos de Martínez Prado.
-   Pues esto y nada es lo mismo. Creo que tendríamos que hablar con Fernanda a solas, ella es la que puede tener más datos sobre Martín
-   ¿Estás pensando en ir a ver a Fernanda ahora? pregunta Bonilla
-    Sí, creo que sería mejor hablar con ella, ¿qué impresión os causó a vosotros?

El primero en hablar es Vallejo mientras echa en su café un buen chorrito de coñac.

-   Es una mujer muy preparada, ha estudiado en el extranjero y habla varios idiomas. Formaba parte de la directiva de la Editorial en vida de su marido. Su posición económica es muy buena, la editorial marcha muy bien. Fernanda heredó la parte de su marido en el negocio y Martínez Prado no lo ha descuidado. Sin duda alguna debió ser una mujer bellísima antes del accidente . Su marido falleció en él y ella se salvó pero las secuelas son bien visibles. Yo he visto a una mujer muy vulnerable y muy enamorada, incapaz de pensar mal de su actual compañero .
-  Yo opino lo mismo- dice Bonilla- Psícamente no resistiría que Martín la hubiera engañado o fuese un ladrón o un prófugo . Hay que tener en cuenta que Fernanda sufrió quemaduras de primer grado en la parte derecha de la cara y quemaduras de segundo grado en las piernas. Martín parece amarla apesar de las quemaduras y le ha devuelto la confianza en ella misma.
-  ¿ Seguro que la ama desinteresadamente?
-  Nunca se puede asegurar una cosa así Héctor – contesta Bonilla - pero ¿qué ganaría él con esta desaparición?
-   Simular un secuestro sería posible pero ¿dónde entra la foto de la revista y ese parecido tan dudoso?- apunta Vallejo
-  No podemos destacar nada hasta que no hayamos hablado con Fernanda . A Martínez Prado le dejamos de momento tranquilo.
-   ¿Crees que él puede haber montado un tinglado para librarse de Martín?
-   Ni idea Bonilla. Como tu ya la conoces llámala y avísala que vamos para allá. Yo te acompaño y Vallejo ¿podrías recopilar datos de Martínez Prado bien a través de Gustavo o de alguien del grupo de las editoriales?

Los tres amigos abandonan el despacho al mismo tiempo y ya en la calle Vallejo se dirige a pie al despacho de Gustavo mientras Bonilla y Héctor toman el coche camino de Aravaca.
Fernanda recibe a los detectives en el salón. Su serenidad les sorprende, sobre todo a Bonilla quien la vio el primer día como un manojo de nervios.

-  Siéntense por favor ¿Desean tomar un café o les apetece una copa?
-   Café está bien – dice Héctor – mi socio me ha puesto al corriente de la conversación que tuvieron en el despacho de nuestro amigo Gustavo Olavide y sinceramente,  no tenemos muchos datos para empezar una búsqueda. Quisiera hacerle algunas preguntas. Creo que usted es  la única que nos puede ayudar a dar con su paradero .
-  Puede preguntar lo que crea conveniente, le contestaré a las preguntas sin reservas.
-  ¿ Le ha mencionado Martín de que parte de España procedía su padre y si tiene algún familiar en España o familiares en Argentina?
-  No, no ha llegado a decirme la procedencia de sus abuelos ni de sus padres. Por algunas cosas que ha contado sospecho que de León o de Asturias. Lo único que sé es que 1932 sus padres y su abuela, viuda desde 1903, salieron de España rumbo a Argentina. Una tía de su madre les animó a irse. La región andaba revuelta y la república tampoco daba trabajo. Su padre volvió en 1960 con el furgón de su madre para enterrarla en su aldea junto a su marido. Martín no tiene hermanos, es hijo único, su madre falleció cuando el tenía cinco años y su padre hace tres años.
- ¿ Sabe si era un autor conocido en Argentina?- pregunta Bonilla
- No vivía de la escritura sino de su trabajo como economista en Córdoba. Es cierto que publicó una guía turística de los diferentes parques naturales de la provincia pero no con su nombre sino como Andrés Laguna.
- ¿ Y sabe el por qué?
- Era su pequeño homenaje a sus abuelos. Laguna era el apellido de su abuela y Andrés el nombre de su abuelo pero ¿ a dónde le pueden llevar estos datos?
- De momento sabemos que Andrés Narváez, su abuelo, falleció en 1903 en algún pueblo o aldea de León o Asturias y que el apellido de su abuela era Laguna. Nos puede llevar unos días pero es posible que localicemos la aldea. ¿Antes de marcharse no sucedió nada raro, como una llamada o una carta que recibiera?
- No, nada de eso. Acordamos que a su vuelta planearíamos un viaje a Los Lagos  de Covadonga, quería conocer el parque de Los Picos de Europa. Pensaba escribir otra guía.
-  Además de Argentina y España ¿sabe si ha visitado otros países?
- No, estoy segura. Su pasaporte está en la mesilla de noche. Viaja con una cédula de identidad y el carnet de conducir. Su pasaporte no tiene ningún otro tipo de sellos que no sea el de la salida de Argentina y la entrada en España. Fue expedido en 1970 y es válido hasta 1975. ¿quieren saber algo más?
- Una última pregunta ¿por qué dejó Argentina?
- Su abuela le había hablado mucho de España. Al morir su padre comenzó a pensar seriamente en ser él ahora el emigrante. El clima político que se respiraba comenzaba a ahogarle y el éxito de su guía le permitió viajar antes de lo que el pensaba. Vendió sus pertenencias y se vino a España. ¿ Algo más?
-  De momento es todo pero si recibe alguna llamada extraña o si el propio Martín llama no deje de avisarnos.
- Así lo haré señor Perea y ahora si me disculpan tengo cosas que hacer.
- Gracias por su colaboración, no la molestamos más.

Fernanda les acompaña a la puerta, la cierra, se recuesta en ella y respira profundamente. De momento se han ido pero presiente que no se van a conformar con lo que les ha dicho. Apesar de su aparente serenidad estaba temblando y maldice a Martínez por haberla metido los detectives en casa. No había ninguna necesidad, Martín llamará esta tarde y todo se aclarará.

A pocos kilómetros de Cangas de Onis y apartada de la aldea a la que pertenece, el humo de la chimenea se condensa en el aire y en el interior de la casa Martín, sentado en la mecedora de su abuela, bien abrigado, termina su desayuno-almuerzo y se acerca a la boca un tazón aún humeante. Al igual que hiciera Fernanda él también piensa en la llamada que la hizo.
Bajó a Cangas a comprar provisiones para estos días, cigarrillos, pilas para su linterna, algunas velas, objetos de aseo y hasta toallas en diversas tiendas. Al pequeño supermercado entró aprovechando la presencia de un grupo de turistas nacionales y después, ya casi a la salida de la ciudad, aparcó su coche frente a una cabina y llamó a Fernanda. Sabe que no la ha tranquilizado, al revés, la ha dejado con más preguntas y a él le ha surgido una ¿ por qué le pregunto por un tal Gonzalo no sé qué? Pero él necesita oír su voz y bajará de nuevo esta tarde a llamarla.. Deja el tazón en la mesa y recoge la vieja sartén en la que ha preparado los huevos fritos con jamón y que le ha servido de plato. Guarda la hogaza de pan junto con el queso en la alacena y los cubre, a falta de paño de cocina, con una de las toallas que ha comprado. Afuera, en una tina con agua casi congelada aclara la sartén, el cazo en el que ha hervido el agua y preparado el café asi como el pequeño colador que compró en la tienda del pueblo.
Más tarde corta leña con un hacha roñosa y desafilada, la mete en la casa y decide echar una ojeada a la aldea que ayer parecía muerta pues apenas salía humo de sus chimeneas. 

En Madrid Bonilla y Héctor se reunen con Vallejo en el Café Comercial e intercambian los datos hasta ahora recabado y quedan para después de comer en el despacho de nuevo.


domingo, 3 de febrero de 2013

El escritor de las guías de viajes. Capítulo 2





Ocho y media de la mañana. El restaurante del hotel está casi vacio cuando el matrimonio Perea entra a desayunar. Han madrugado bastante, aunque sería más justo decir que apenas han dormido. La noche romana, aunque no se pueda comparar a la parisina, como les habían comentado algunos asistentes al congreso, no les desilusionó para nada. El paseo por el barrio de Trastevere, en la orilla oeste del Tíber les pareció corto. En este pintoresco casco antiguo con calles estrechas y plazas pequeñas se respira todavía el ambiente de siglos pasados​​. Sus callejuelas están llenas de pequeñas trattorias y en una de ellas entraron a cenar, frente a una de las Iglesia medievales de las que es rico este barrio.

“Les recomiendo, si tienen tiempo, que vayan a pasear por Trastevere, antiguamente fue un pueblo que quedaba en las afueras de Roma. La última película de Fellini está rodada allí, ahora no habrá muchos turistas pero merece la pena pasear por sus callejas” les dijeron en la recepción el primer día y Asunción no lo olvidó.

A la trattoria le siguió una discoteca de moda en las cercanías de la Fontana de Trevi y después, a altas horas, el regreso al hotel dónde siguieron bailando su propia música en la intimidad de su habitación.

-      ¡Estoy que me caigo de sueño! Creo que me voy a tomar cinco cafés seguidos a ver si me despierto. Lo de anoche fue una pasada Héctor, no podemos llevar este rítmo, ya no tengo 22 años.
-      ¡Ay pobrecita mi niña! a punto de cumplir 39 y con complejo de ancianita. Anoche no te quejaste de nada y eras tú la que querias...

Asunción  tapa la boca a Héctor al ver que el camarero se acerca con la cafetera en la mano; tras servirse el café en una taza grande y untar la mermelada en uno de los bollos y la mantequilla en una tostada le dice a su marido con una sonrisa picaresca:

-      Ten cuidado con lo que dices que aquí te pueden entender, mi amor, ciertas cosas se quedan en privado.

Héctor sonríe y le tira un beso al aire antes de contestar.

-      No será para tanto pero tomo nota. Bebe todo el café que necesites y come bien, tenemos una mañana maratoniana, a las seis tenemos que volver a por las maletas e irnos para el aeropuerto.
-      No se me olvida, descuida. Por un lado me da pena irme pero al mismo tiempo estoy deseando llegar a Madrid y ver a María en el aeropuerto.
-      Yo también cariño, los viajes contigo me gustan mucho pero yo también echo de menos a nuestros hijos, a Bonilla e incluso a Julio aunque solo haga unas horas que le hemos visto.
-      ¡Exagerado! Normalmente no le ves tanto ¿ a qué viene eso ahora?
-      Tienes toda la razón, por eso mismo, tres días seguidos con él me han permitido verle con otros ojos. Qué es una persona estupenda ya lo sabía pero su humor me ha sorprendido, no recuerdo haberme reído tanto en las comidas como en estos días y además la deferencia que ha tenido al invitarme a mi también.
-      Ya lo sabía, quiero decir que Julio, desde que fui al congreso de Berlín, sabía perfectamente que otro viaje al extranjero sin tí no lo hacía y la temática de éste entronca con tu trabajo ¿o no?
-      Eso es verdad, por eso hasta he visto algunos viejos compañeros pero de todos modos no estaba obligado. Es una pena que el no haya podido traerse a su amigo.
-      ¡Estás loco! Ya sabes lo prudente que es Julio, con nosotros vale pero fuera de nuestro ámbito de amigos ¡olvídalo! y venga, deja de mirarme tanto y terminate la tostada de una vez.
-      ¡Ya voy mujer!

Poco después salen del hotel y deciden tomar un taxi para ir al Vaticano. Héctor no deja de hablar en todo el camino con el taxista quien, al oir que eran españoles, comenzó espontáneamente a contarles el viaje que hiciera a España en 1960.

-      Abbiamo fatto il viaggio in bicicletta, un viaggio di due mesi, dal momento che io sono sposato solo lavoro in taxi.
-      Ya, capisco. ¿Tienen ustedes bambinos?
-      Cinque ragazzi. Siamo una grande famiglia e mia madre vive con noi.... Ecco il Vaticani, ¡ Buona giornata!
-      Muchas gracias y buona giornata para usted también.

“Ciao” es todo lo que Asunción puede decir, asombrada de la facilidad con la que Héctor se entiende con los italianos y en silencio recorre los pocos metros que faltan para llegar a la imposente plaza de San Pedro. Ya en ella admiran su arquitectura y consulta en su guía.

-      Y ¿quién es el arquitecto de esta maravilla?

Pregunta Héctor girando alrededor de sí mismo con la cámara de fotos en la mano.

-      Según esta guía la obra se debe a Gian Lorenzo Bernini. ¿De verdad te interesa o me estás tomando el pelo?
-      Me interesa, en serio, no soy de iglesias ni de arte pero cuando un trabajo es bueno quiero saber quien es su autor y ¿cuando empezó la gran obra?
-      Fue construída entre 1656 y 1667. Oye, no gastes todo el carrete en la plaza, que aún nos queda la basílica y el museo.
-      Descuida tengo más carretes en el bolsillo ¿entramos? Por cierto qué Papa vive ahora quí
-      ¡Héctor! Eres peor que un niño pequeño. Pablo VI y no te preocupes que no le vas a saludar.
-      Ya lo sé pero no quiero quedar como un tonto cuando nos encontremos con Angel.
-      ¿Sabes? No me puedo creer que le vaya a conocer. Mi tía me ha hablado mucho de él y ha sido una suerte que nos haya dado su teléfono por si acaso teníamos tiempo . La verdad es que debe ser una persona muy sencilla, con la de trabajo que debe tener y se ha ofrecido a ser nuestro guía.
-      Sí, vamos a tener un guía excepcional. El Angel que yo recuerdo era uno más en el barrio y espero que siga así.
-      No creo que haya cambiado mucho por la forma con la que ha hablado ayer contigo por teléfono.
-      Ya veremos, el ambiente que hay aquí no es el de la Plaza de los Frutos.

Asunción ríe el comentario de Héctor sin darse cuenta de que está entrando en la Basílica .Ya en ella y con aire más serio, en silencio,  como les han pedido al entrar recorren la Gran Basílica y mientras ellos admiran la Cátedra de San Pedro, su cúpula, sus altares, la Piedad, las catacumbas con las diferentes tumbas de los papas y vuelven a subir para seguir tomando fotos, en Madrid, Vallejo y Bonilla acuden al bufete de Olavide como habían acordado y en las cercanias de Cangas de Onis, Martin Nárvaez sigue sin llamar a Fernanda y no es por falta de ganas sino por temor.

Martín, 40 años, alto, ojos claros,  con algunas canas en la sienes a pesar de su edad, de piel bronceada, modales elegantes, permanente sonrisa en los labios , prototipo de lo que muchas mujeres pueden considerar un hombre atractivo, no deja de pensar en Fernanda. Se encontraron en el momento justo, se han confesado varias veces en estos meses y lamenta la situación en la que ahora se encuentra. Con ella ha aprendido de nuevo amar y no quiere causarla daño; ya tuvo lo suyo con el accidente en el que perdió la vida su marido y casi acaba con la de ella. La rehabilitación fue larga, las secuelas psíquicas y físicas la empujaron en parte a refugiarse entre las cuatro paredes de su chalet. Martínez Prado, socio y amigo de su marido, estuvo siempre a su lado pero no consiguió sacarla de su mutismo ni despertala las ganas de vivir. El día en que se conocieron fue su primera salida desde hacía dos años y Fernanda no las tenía todas consigo. Acudió por puro compromiso, por no dejar solo a Martínez Prado en su cincuentenario ya que él tampoco tiene familia. Es, lo que en América llaman un “self made man” un verdadero autodidacta que siempre se portó como un padre con su marido y con ella. 

Martin recuerda la conversación que mantuvieron ayer por teléfono, quería hablarle de sus sospechas pero al oir sus planes para la vuelta se echó atrás y ahora, aquí, en esta casa casi en ruinas, perdida en los Picos de Europa, a la que acaba de llegar después de pasar la noche en el coche, escondido en un horreo y con el miedo en el cuerpo, se siente mal por ella. Respira hondo y comprueba de nuevo que no hay rastro de los hombres que le estuvieron siguiendo en Galicia, al menos, su precipitada salida del hotel le ha servido para despistarles y nadie conoce la existencia de la casa de los abuelos.

Hace frío, el viento no cesa y en la antigua cocina, la única pieza que aún conserva todas las tejas, el sonido del viento le hace compañía. El candil de aceite sobre la mesa recuerda que no hay electricidad y la tinaja en el ricón que no hay agua corriente. Tras inspecionar la vivienda regresa al coche, saca la literna que hay en la guantera, la manta del maletero junto a su maleta y se acomoda como puede en lo que en otros tiempos fue el asiento preferido de su abuela, la mecedora que le hiciera su marido cuando la abuela se quedó encinta. Al poco tiempo de nacer su padre, su abuela se quedaría viuda. Andrés Nárvaez falleció en un accidente durante las obras del ferrocarril de Arriondas a Infiesto. 

En el arcón de una de las habitaciones encuentra más mantas, algunas ya roídas por los ratones pero que harán su avío. Nota que el hambre y el frío le están pasando factura y aviva como puede el pequeño fuego de leña que ha hecho en la viejo hogar, como hiciera tiempos atrás su abuela. Busca entre sus cosas las chocolatinas y galletas que comprara en la gasolinera de La Coruña y apesar de no ser horas, descorcha con la ayuda de una navaja una botella de vino que ha encontrado en la vieja alacena. No sabe si se podrá beber, pero la sed le apremia. En la oscuridad, por las contraventanas semiabiertas,  no puede ver de que año es. La última persona en volver a la casa fue su padre en 1960 cuando acompañó los restos de la abuela para enterrarla en el pequeño cementerio de la aldea. Su padre debió comprar esa botella por aquel entonces junto a las latas que tiene delante. Martin comprueba enseguida que es un vino peleón que se ha conservado bien y tras acallar su sed y su hambre decide dormir unas horas antes de bajar a Cangas, allí llamará menos la atención que en la aldea. Arropado por las mantas y al calor de la lumbre, pasa revista a su llegada a España y la promesa que le hiciera a su abuela en Argentina, la promesa de visitar la casa familiar y reconstruírla. Llegó a España, conoció a Fernanda y la promesa hecha a la abuela no quedó en el olvido pero sí aplazada indefinidamente. Sin saber exactamente la razón no sabía como hablarlo con Fernanda abiertamente, a todo lo más que se había atrevido era a mencionar su deseo de visitar los Picos. Había cosas de su familia que aún dolían y la salida de su país tampoco fue de la mejor manera.

En Roma, ajenos a las conversaciones que en ese momento tienen lugar en el despacho de Gustavo, Héctor y Asunción se encaminan hacia la plaza del Risorgimento, dónde Angel, al verles venir por la vía de  Porta Angelica les saluda con la mano.

-      ¿Es ese hombre tan joven Angel?
-      Sí. Lo de joven es muy relativo, unos años más jóven que yo pero se conserva bien el chaval.

 Héctor y Angel se funden en un fuerte abrazo y Asunción, a quien nadie le ha dicho cual es el protocolo para saludar a uno de los secretarios del Vaticano, no sabe si besar la mano de Angel o darle un beso en la mejilla. Angel por su parte no tiene duda alguna y tras la presentación abraza a Asunción y le da dos besos en la mejilla.

-      Encantado de conocerte Asunción. Manolita me ha hablado mucho de tí en sus cartas.
-      Igualmente, quiero decir, que encantada y que mi tía también me ha hablado mucho de usted. Perdone pero no sé cómo llamarle.
-      De tú y Angel. Siempre he considerado a tu tía, a Marcelino y a Pelayo como de la familia y una sobrina de ellos es también un poco mi prima ¿o no Héctor?
-      Por supuesto y en ese caso yo también soy un poco primo tuyo ¿ o no, Angel?

Los tres ríen de buenas ganas y antes de entrar al Museo toman un café en uno de los cafés cercano a la plaza. Héctor aprovecha para darle las gracias, ahora en persona, apesar de los años que ya han pasado, por su intervención y ayuda en el proceso de la anulación.

-      No tiene importancia Héctor, lo importante es que tengo ante mí a una pareja a la que no es necesario preguntarle si son felices, la felicidad y el amor que se profesan salta a la vista.
-      Y Teresa también es feliz en Venezuela con su sobrino y Ana.
-      Lo sé Asunción. Al igual que vosotros recibo todas las navidades noticias de ella.
-      Fue una pena que la última vez que estuviste en Madrid coincidiera con nuestro viaje de boda. Me gustaría presentarte a mis hijos ¿no piensas volver?
-      Quizá lo haga pero de momento mi sitio está aquí.
-      ¿Y Sole?, perdona si me meto donde no me llaman.
-      No pasa nada, de Sole y sus hijos estoy constantemente al tanto, no en vano sigue trabajando en el arzobispado pero ciertas cosas es mejor no cambiarlas.
-      ¿Es usted, digo, eres de verdad feliz aquí?
-      Sí Asunción, cuesta acostumbrarse a vivir en el Vaticano pero aquí he encontrado la paz interior que tanto he buscado y además coordino un grupo de voluntarios que se encarga de paliar los problemas de las zonas marginales de Roma.
Angel echa una ojeada a su reloj de bolsillo y levanta la mano para pagar los cafés al tiempo que dice.
-      Si no quereis perder el avión tenemos que entrar ya al Museo. Os advierto que es muy grande y la Capilla Sextina es lo último que se visita, al menos que sólo queráis ver la capilla y en ese caso puedo intentar conseguir permiso.
-      Gracias Angel, pero no es necesario. Ya has hecho demasiado por nosotros como para pedir un trato especial.
-      Mi mujer tiene razón Angel, la ruta de los turistas para nosotros también.
-      Como queráis ¿Nos vamos?

El recorrido por el museo les lleva dos horas y la Capilla les deja, como a casi todo el mundo con la boca abierta. Angel les explica todo al detalle y cuando descienden por la majestuosa escalera de caracol Héctor se para para hacerles una fotografía y pide un turista que les haga una.

A las 6 de la tarde Angel les acerca al hotel, recogen sus maletas de consigna y se despiden de su cicerón y amigo en la estación de Termini donde toman el tren para el aeropuerto al tiempo que en Madrid, Tim recoge a María y a Daniel del colegio para acercales a Barajas.

-      Recuérdame darle a mi padre el recado del tito Bonilla, Tim
-      Descuida María, no me olvido. Dani, baja la ventanilla que no estamos en verano y deja de saludar como si fueras un príncipe.
-      Jopé es que mola mucho este coche, nunca había visto uno tan grande.
-      Tampoco es el más indicado para conducir por Madrid. Ya es mala suerte que mi seat se haya estropeado hoy.
-      ¿No te gusta este coche?
-      No digo eso Dani, este Cameron está bien para América pero en Europa resulta muy ostentoso y además es automático, yo prefiero uno con marchas.
-      Seguro que a mi padre le entusiasma tanto como a Dani, de él se ha contagiado mi hermano.
-      Eso no lo dudo pero una cosa es reconocer que un coche es bonito y otra querer tener este coche. Yo desde luego paso de él, hoy le he cogido porque no tenía otra opción pero no va conmigo. Bueno, ya estamos llegando. Dani no te separes de nosotroso o es la última vez que vienes conmigo.
-      No te preocupes, os seguiré como un perrito fiel y no miraré a ningún lado para no distraerme.
-      ¡Más te vale! No tengo ganas de buscarte por todo el aeropuerto y darle un susto a mamá.
-    !  Jopé qué fama tengo.!

















miércoles, 30 de enero de 2013

El escritor de las guías de viajes. Capítulo 1.




Febrero de 1973

Fernanda lleva como media hora con la revista delante de sí, con los ojos clavados en la fotografía que ve en una de sus páginas y desaría que ya fuera las ocho de la noche en lugar de las 10 de la mañana. Ojalá no la hubiera abierto , pero daría igual. Ayer hablaron por teléfono, las negociaciones en Galicia habían terminado y hoy por la noche llegaría a Madrid. La revista ya había salido pero ella aún no la había visto así que no pudo preguntar  y ahora sabe que hasta que no le vea entrar por la puerta no va a poder hacer nada.

 Aparta sus ojos de ella, la cierra por fin y la deja sobre la mesa del salón. Sus pasos la llevan a una de las ventanas desde donde se puede ver el jardín. Con la taza de tila aún en la mano corre el visillo y apoya su cabeza en el cristal. Está convencida de que tiene que haber un error y trata de calmarse. Hace un día muy bueno y en circunstancias normales hubiera salido al jardín a disfrutar del hermoso día primaveral que febrero ha regalado, pero hoy no puede, no tiene ánimos para ello, en su lugar cierra los ojos y recuerda la fiesta que dió Martínez Prado en su casa de Las Rozas. Allí conoció a Martín, apenas hablaron ese día, unos minutos, frases protocolarias y eso fue todo pero sus ojos no dejaron de buscarse en toda la noche. Días más tarde volvieron a encontrarse en casa de otros amigos en Puerta de Hierro y quedaron en verse al día siguiente. Así empezó una relación que la devolvió al mundo social después de algunos años de retiro voluntario. Una relación que dura ya casi medio año y en la que confia cada día más.

El telefóno no ha dejado de sonar desde las nueve de la mañana. Todos quieren saber si ha visto la foto pero ella no tiene ganas de hablar con nadie y es Carmen, la asistenta, la encargada de tomar los recados, la misma que ahora entra en el salón a anunciarle una visita.


-      Señora el sr. Martínez Prado quiere verla.

-      ¿No le ha dicho que no quiero ver a nadie?

-      Sí, señora pero insiste. Dice que es urgente.



Fernanda hace un gesto de resignación, se aparta de la ventana y se sienta en uno de los sofás, al lado de la mesita sobre la cual reposa la foto que les hicieron juntos.

Martín tiene en ella una mirada limpia y brillante, su brazo reposa sobre su cintura y la mira con ternura, ella le devuelve la mirada y su mano le acaricia la mejilla. La foto se la hizo Martínez Prado sin que ellos se dieran cuenta, no posaron, fue una foto natural, una instantánea que el amigo en común quiso captar y que les regalaría enmarcada hace unos días, cuando celebraron el cumpleaños de Martín en un pequeño restaurante de Madrid.



-    Hágale pasar Carmen y prepare café, por favor.

-    Enseguida señora.



Martínez Prada entra en el salón con paso apresurado, se acerca a ella y le da un beso en la mejilla, deja su portafolio en un sillón y se sienta en el otro sofá, frente a Fernanda y es él quien empieza la conversación.



-   Ya sé que no quieres visitas y niegas el teléfono pero tenemos que hablar.

-   No hay nada que hablar Carlos, Martín Nárvaez y este tal Gonzalo Prieto no son la misma persona y esta noche lo verás. Martín no tiene ninguna cicatriz en la frente como tenía ese Gonzalo.

-    No, no la tiene pero por lo demás es clavadito a él, tampoco me puedo creer que sea la misma persona. A decir verdad no le conozco desde hace tanto tiempo y en parte me siento responsable de vuestra relación..



Carlos Martínez Prado hace una pausa para tomar el café que gentilmente le acaba de servir Carmen. Con la taza en la mano se levanta, pasea como un oso enjaulado por el salón. Fernanda le mira ir y venir pero no hace ademán de pedirle que se siente. De repente su invitado retoma la conversación donde la había dejado:



-   Me lo presentaron en la embajada Argentina y en seguida empezamos a hacer negocios juntos, me aseguraron que era un hombre emprendedor que había decidido regresar a la tierra de sus abuelos y triunfar aquí por ellos.

-    Nadie te culpa de nada Carlos. Martín está de camino de Madrid, seguro que cuando vea la revista se sorprende tanto como nosotros.

-    Puede pero ¿tú le has llamado al hotel en La Coruña o era él el que te llamaba a tí?

-    Le llamé al hotel al día siguiente de su llegada, los demás día lo hizo él, todas las noches a las 10 en punto ¿por qué?

-    Porque yo he llamado esta mañana para preguntar a qué hora había salido y me han dicho que anoche pagó la cuenta  y abandonó el hotel dirección a Asturias.

-   ¿Asturias? No es posible. Casualmente teníamos intención de ir a visitar los Picos de Europa juntos en mayo.

-    Todo esto es muy extraño aunque a  tí no te lo parezca. Si esta noche no da señales de vida tendremos que poner el caso en manos de la policía. No somos los únicos que hemos reconocido la foto. Nuestro grupo de amigos, la portera de la finca, donde vivió los primeros meses, puede haberle reconocido y los clientes de Galicia también. 

-   ¿Y tu crees que la policía vendría a preguntarme a mí?

-   A tí o a mí. Existe esa posibilidad. He pensado que podíamos hablar con mi abogado, quizá el nos pueda asesorar mejor ¿Qué te parece si le llamo, le pongo en antecedentes y concierto una cita para mañana?

-    De acuerdo, llama a tu abogado pero la cita sólo si Martín no se presenta esta noche o no llama ¿estamos?

-   Me parece bien, ahora te tengo que dejar, he de volver al despacho y por favor coje el teléfono ¿de acuerdo?

-    No te preocupes Carlos, le diré a Carmen que me pase tus llamadas, no quiero ocupar la línea por si llama Martín.

-    Como quieras Fernanda, seguro que se trata de un error. Dicen que todos tenemos un doble quien sabe si Martín también lo tenía.



Fernanda vuelve a quedarse sola en el inmenso salón de su vivienda en Aravaca con la esperanza de que Martín dé señales de vida, se aferra a la casualidad pero aunque no quiera,  busca en su mente cosas que hubiera pasado por alto en estos meses, cosas sin importancia que ahora pudieran tener otra tonalidad pero no da con ninguna.



En Madrid, en el café Comercial el ex-inspector Vallejo y Bonilla toman un café mientras comentan las nuevas que trae Vallejo del comisario de Chamartín.



-   ¿Cómo vamos de trabajo, Bonilla?

-   Bien, como siempre, no nos faltan casos y eso lo sabes tu muy bien que ayudas en algunos ¿por qué lo preguntas?

-    Nuestro amigo el comisario podría tener algo interesante . ¿A qué hora iba a venir Gustavo?

-    Ya debería estar aquí, a lo mejor ha llamado Héctor y le ha entretenido, ya sabes, cuando no me puede localizar, llama al despacho de Gustavo.

-    También podía llamar al café ¿no? otras veces lo ha hecho ¿ no sabía que habíamos quedado?

-    Se le habrá olvidado, cuando está de viaje con Asun se olvida de casi todo.

-    En eso llevas razón, esos dos no se cansan de decirse cuánto se quieren, hasta Paloma lo ha notado.



Vallejo ríe su propia observación y contagia a Bonilla que aprovecha para preguntarle por la joven, de la cual es su tutor desde hace poco, mientras  pide dos cañas al camarero.



-    ¿Cómo está Paloma? ¿Se aclimata un poco a su nueva vida? Y tu mujer encantada ¿no?

-    Sí, las dos se entienden de maravilla y en el colegio también va muy bien. Gracias por el consejo que nos diste, Laurita siempre me lo recuerda.

-    ¿ Yo?

-    Sí hombre, tú.  Tu fuiste el que me quitó de la cabeza lo del instituto. ¿no te acuerdas que me recomendaste que la matriculara en el mismo colegio de Clara, María e Irene? Ha hecho buenas migas con ellas e Irene y ella se están haciendo inseparables, además se escribe con regularidad con Alejandro asi que no hay quejas.

-    Es verdad, ni me acordaba de lo del colegio, pues de nada hombre. Seguro que llega a superar algún día, con la ayuda de todos,  el que no hayamos podido dar con su madre. Es increíble como algunas personas pueden desaparecer sin dejar rastro, menos mal que Gustavo ha podido impugnar la venta de las tierras y de la casa.

-    Exacto. Fue imperdonable lo que hicieron con ella. Los caciques siguen teniendo la sartén por el mango en este país.

-    Es cierto pero éste no se esperaba que el gobernador de la provincia le aconsejara deshacer la venta o pagarle a Paloma lo que valían las tierras  en realidad.

-   Por una vez le salió el tiro por la culata gracias al trabajo de Gustavo y a los contactos del comisario Ramírez.

-   Y yo me perdí el caso por estar fuera. ¿No se ha llegado a saber quien fue el autor de su secuestro, verdad?

-   No, las pistas que teníamos no nos llevaron a ninguna parte. Ramírez sospechó de Narciso por lo que nos dijo Héctor pero no hemos podido probar nada  ¿Perea no te habrá contado a ti otra versión, verdad?

-   No y no creo que haya otra, a estas alturas no hay secretos entre nosotros..!Mira! ya llega Gustavo.



Gustavo Olavide saluda con la mano a sus amigos mientras espera a que el semáforo se ponga rojo e inmediatamente después cruza la calle y se sienta a la mesa con ellos. Enseguida se acerca el camarero y Gustavo pide tres copa de coñac.



-    Perdonad la tardanza pero me ha llamado un cliente para consultarme un dilema que tienen él y una buena amiga. Mañana tengo un encuentro con ellos y creo que podemos tener caso, quiero decir que podéis tener caso, ya les he hablado de vosotros.

-   ¿No puedes adelantar nada, Gustavo?

-   No Bonilla, de momento es confidencial. Si las cosas no cambian en un par de horas mi cliente os lo contará. Por los honorarios no os preocupéis, los dos tienen buena caja fuerte. ¿Tenéis libre a eso de las 11 de la mañana? Es un caso de los que os gustan, sobre todo Héctor.

-   Le tendremos que poner en antecedentes nada más bajar del avión.

-   ¿Estás seguro Bonilla de que llegan mañana por la noche, de que no van a poner otra excusa para quedarse un día más?

-   No Vallejo, estoy seguro, ayer hablaron con Dani y se lo prometieron.

-   Así es, también hablaron con María y mañana va a esperarles al aeropuerto junto con Tim.

     
     A casi dos mil kilómetros de distancia pero a la misma hora que nuestros amigos dejan el café Comercial, Asunción y Héctor entran en una trattoria de una de las bocacalles de la Plaza de España en Roma. A las once de la mañana se clausuró el congreso y tras las despedidas se encaminaron hacia la fontana de Trevi mietras Julio tomaba el tren en dirección al aeropuerto.
El congreso apenas les había dejado tiempo libre. Afortunadamente el hotel en el que se hospedaban estaba muy cerca del Coliseo y desde su balcón hasta podían ver el arco de Constantino y parte del Foro Romano. Tampoco les quedaba lejos la Basílica de San Juan de Letrán de ahí que fuera el único templo que visitaran ayer mismo y Héctor le dijera a Julio:

“Después de ver este templo tengo curiosidad por ver el Vaticano y su Museo. Sería una pena irnos sin ver la Capilla Sextina,  Asun y yo nos quedamos un día más”.
Mañana temprano visitarán el Vaticiano y su museo pero ahora tienen otros planes. Tras la comida regresarán a descansar al hotel, después comprarán algunos regalos y al anochecer saldrán a disfrutar de la noche romana y de su vida nocturna y ya, de vuelta en su habitación, puede ser que continuen con la fiesta, como Héctor le susurra al oído a Asunción.